Distintas autoras y autores escribirán y leerán un texto de creación sobre lo que ven desde su ventana. El podcast se subirá en las redes sociales del CDN y permanecerá en nuestra cuenta de Soundcloud.

 

 

 

  • María Velasco

El próximo miércoles 22 de abril en nuestro canal de Soundcloud, María Velasco nos invita a escuchar una nueva creación sonora sobre lo que puede contemplar desde su ventana en estos días de confinamiento. 

María Velasco es autora y directora de escena. Tras su paso por el programa Escritos en Escena del CDN, el pasado febrero se estrenó su obra Taxi Girl (Premio Max Aub de Teatro), con dirección de Javi Giner, en la Sala Princesa, protagonizada por Celia Freijeiro, Eva Llorach y Carlos Troya. Con anterioridad coprodujo, escribió y dirigió una versión libre de La Espuma de los días, que se estrenó en el Teatro Español e hizo incursión en el Teatre Llirure también en febrero de 2020.

 

 

  • Alfredo Sanzol

 

Desde mi ventana

Hablo cada día con mi madre. Tiene ochenta y un años, y mi madre retransmite cada día a mi tía Esther y a mi tía Carmen cómo nos encontramos. Las tres viven solas, y bueno, en estas circunstancias, vivir acompañado ayuda, pero a ellas les ha tocado estar solas, como a tantas personas en este país, casi cinco millones, según las estadísticas, y de esos cinco millones el cuarenta y dos por ciento, es decir dos millones, tiene más de sesenta y cinco años, como mi madre y mis tías, y de esos dos millones el setenta y dos por ciento, es decir, millón y medio son mujeres como mi madre, mías tías, y la madre de un amigo que cumplió años hace unos días. Mi amigo me contó que le daba mucha pena imaginar a su madre pasando su cumpleaños sin nada especial, y sobre todo sin ver a nadie, y sobre todo sin tener el contacto de nadie. Ella, como la mía, son personas que necesitan especial protección, pero un abrazo sincero y lleno de amor de veinte segundos despierta a la hormona de la oxitocina y produce un efecto terapéutico sobre cuerpo y mente, protección de la que también hace falta, así que mi amigo ideó un plan y lo puso en práctica. Se fue a casa de su madre, abrió la puerta, y en la entrada se quitó toda la ropa y la metió en una bolsa de plástico. Sacó un bote de líquido hidroalcohólico y se lo dio por todo el cuerpo sin dejarse ni un solo trocito de piel. Se puso su mascarilla, y así, como su madre lo trajo al mundo le dijo: Mamá, ya te puedo abrazar. Se dieron un gran abrazo. Duró más de veinte segundos. Me imagino que sería emocionante. Mi amigo no me dio detalles porque es del norte, pero sí que me dijo que los dos se quedaron felices y que con esa sonrisa en la cara se volvió a vestir y se fue. Bueno, esta peste está produciendo historias que tan sólo hace un mes no podíamos imaginar y esta, la del cumpleaños de la madre de mi amigo, es la que yo he visto desde mi ventana. Un abrazo a todos.

Puedes descargar el texto de Alfredo Sanzol en PDF AQUÍ

 

  • Pablo Messiez

Desde mi ventana

Hace más o menos un año, me compré un árbol.
Un árbol alto y delgado, con unas pocas hojas, algo tristes.
Parecía un Giacometti. El árbol de Godot.
Yo estaba trabajando en la versión de Los días felices, así que pensé que era buena compañía. Y que debía ser agradable escribir debajo de un árbol.

Con el paso de los días, las hojas me parecían cada vez más lánguidas. Más tristes. Habiendo sido de un verde oscuro, empezaron a palidecer y yo a preocuparme por la salud del árbol. Por la pertinencia de la idea de traerlo a casa. Luz no le faltaba. Ni atención. Pero ¿y si estuviera necesitando otras cosas? El campo, el cielo, cosas que no entran en las casas. Me agobié. Busqué en Google (en mi vida, las dos oraciones anteriores suelen ir una seguida de la otra y en ese orden). Leí que se trataba de un palo borracho y que los cuidados y la luz que estaba recibiendo eran los adecuados. ¿Sería entonces una sensación mía? ¿Sería mía la tristeza?

Empezaron a caer las hojas. Eran pocas, así que fue un período tan angustiante como breve el ir ver cayendo uno a uno los atributos que hacían que aquello fuera algo más que un palo en una maceta.

En pocos días, quedaron las líneas desnudas. El tronco largo y diagonal, y su bifurcación final en cuatro ramas señalando el techo, como los dedos raquíticos de una mano suplicante.

Me pasaba horas mirándolo ¿Seguiría siendo eso un árbol? ¿Habría vida en él? No podía dejar de ver esas ramas desplegadas como un pedido. ¿Pero de qué? ¿De aire? ¿De cielo? Lo saqué al balcón. Y seguí regándolo y cuidándolo y mirándolo desde mi escritorio cada día, pensando: ¿Es eso aún un árbol? ¿Habrá vida en él?

Pasó el tiempo. Los trabajos y los días. Y vino el virus al mundo.
Muy pronto me tocó estar en cama con fiebre y tos. Viendo ahora otra ventana, la de mi cuarto. Esta sin árbol ni plantas.

Ahora era yo el languideciente. No cabían dudas. El deseo, esfumado. El cuerpo, triste. Como un árbol sin hojas. Desde mi convalecencia veía el entusiasmo en redes de la gente haciendo cosas (cuánto entusiasmo, cuántas cosas). Escuchaba los aplausos puntuales (cuánta disciplina) y esperaba que pasaran las horas, que pasara el hastío, que pasara algo.

Y pasó. La vida, que se mueve (qué suerte).
Y todo volvió a tener sentido como tantas otras veces después de tantas otras penas.

Y bajé al escritorio. Y me asomé a la ventana. Y volví a ver al árbol desnudo. Al sol.
Y entonces noté que la punta de las ramas se desplegaba en diminutas formas nuevas.

Salí al balcón para ver de cerca. ¡Eran hojas! Futuras hojas. ¡Estaba vivo! El árbol. Seguía su curso. No había sido la muerte. Había sido el otoño. No se puede estar floreciente siempre. Toca secarse. Perder las hojas. Juntar las fuerzas. Dejar que pase.

«Todo verdor perecerá». Pero también, puede que vuelva a ser.

Desde mi ventana, la calle Atocha esta desnuda, como mi árbol raquítico que la mira.
Y no puedo hacerme el budista (que me encantaría pero no me sale) y mirar sin juicio toda esta muerte. Echo de menos a la gente. El ruido. El tacto. Las cosas de estar juntos. Echo de menos las hojas del árbol.

Pero lo miro y veo que ahí sigue, creciendo. Sin importarle ni dejar de importarle su crecimiento. Dejando que suceda lo que pasa.

Tengo mucho que aprender.

Puedes descargar el texto de Pablo Messiez en PDF AQUÍ 

 

  • Clàudia Cedó

Confinamiento

Me levanto
Ordeno un poco la casa.
Hago mi rutina de ejercicios
Me ducho
Me preparo un buen desayuno
Y me pongo a escribir con un café delante
Son las nueve y media
Ella todavía no se ha despertado
Cuando se levante habrá tetas, y siestas, y parloteos incomprensibles que te hacen reír
Cuando se levante ya no podré escribir seguido
Lo haré entre toma y toma, cuando se duerma, cuando se quiera quedar en la hamaquita sola
Cuando se levante, ya mi trabajo pasará a un segundo término.
Lo veré desde lejos, como las montañas del fondo, que se vuelven azules
Y las de delante, las más cercanas, son verdes y nítidas, como más importantes.

Pero un día hay alguien que tose sobre otro alguien.
Y ese segundo alguien va al mercado y tose sobre la comida que compran muchos más
Y así empieza a propagarse un virus que acabará llegando a mi pequeña ciudad, obligándonos a todos a recluirnos en nuestras casas.
También a él
Entonces empezará un nuevo día.
Cuando ella se levante habrá tetas, y siestas, y parloteos incomprensibles que te hacen reír
Pero yo no dejaré de escribir
Porque no estaré sola con la niña.
Estará él, que podrá verla cada mañana despertar.
Que podrá disfrutarla y cuidarla
Y mi trabajo volverá a ser una montaña de las de delante.
Una de las verdes y nítidas
Una de las importantes.

Me doy cuenta del privilegio de poder vivir así este confinamiento.
De no tener que compartir espacio con quien me trata mal
De tener un espacio que compartir con alguien
De tener encargos que escribir
y un oficio que puedo hacer desde casa.
De no estar enferma ni ser vulnerable a estarlo.

Pero también me ha servido este confinamiento para darme cuenta de lo necesaria que es la igualdad entre la baja de paternidad y la de maternidad.
Porque tener una habitación propia es importante.
Pero también lo es tener tiempo para entrar en ella.

Puedes descargar el texto de Clàudia Cedó en PDF AQUÍ

 

Distintas autoras y autores escribirán y leerán un texto de creación sobre lo que ven desde su ventana. El podcast se subirá en las redes sociales del CDN y permanecerá en nuestra cuenta de Soundcloud.

 

 

 

  • María Velasco

El próximo miércoles 22 de abril en nuestro canal de Soundcloud, María Velasco nos invita a escuchar una nueva creación sonora sobre lo que puede contemplar desde su ventana en estos días de confinamiento. 

María Velasco es autora y directora de escena. Tras su paso por el programa Escritos en Escena del CDN, el pasado febrero se estrenó su obra Taxi Girl (Premio Max Aub de Teatro), con dirección de Javi Giner, en la Sala Princesa, protagonizada por Celia Freijeiro, Eva Llorach y Carlos Troya. Con anterioridad coprodujo, escribió y dirigió una versión libre de La Espuma de los días, que se estrenó en el Teatro Español e hizo incursión en el Teatre Llirure también en febrero de 2020.

 

 

  • Alfredo Sanzol

 

Desde mi ventana

Hablo cada día con mi madre. Tiene ochenta y un años, y mi madre retransmite cada día a mi tía Esther y a mi tía Carmen cómo nos encontramos. Las tres viven solas, y bueno, en estas circunstancias, vivir acompañado ayuda, pero a ellas les ha tocado estar solas, como a tantas personas en este país, casi cinco millones, según las estadísticas, y de esos cinco millones el cuarenta y dos por ciento, es decir dos millones, tiene más de sesenta y cinco años, como mi madre y mis tías, y de esos dos millones el setenta y dos por ciento, es decir, millón y medio son mujeres como mi madre, mías tías, y la madre de un amigo que cumplió años hace unos días. Mi amigo me contó que le daba mucha pena imaginar a su madre pasando su cumpleaños sin nada especial, y sobre todo sin ver a nadie, y sobre todo sin tener el contacto de nadie. Ella, como la mía, son personas que necesitan especial protección, pero un abrazo sincero y lleno de amor de veinte segundos despierta a la hormona de la oxitocina y produce un efecto terapéutico sobre cuerpo y mente, protección de la que también hace falta, así que mi amigo ideó un plan y lo puso en práctica. Se fue a casa de su madre, abrió la puerta, y en la entrada se quitó toda la ropa y la metió en una bolsa de plástico. Sacó un bote de líquido hidroalcohólico y se lo dio por todo el cuerpo sin dejarse ni un solo trocito de piel. Se puso su mascarilla, y así, como su madre lo trajo al mundo le dijo: Mamá, ya te puedo abrazar. Se dieron un gran abrazo. Duró más de veinte segundos. Me imagino que sería emocionante. Mi amigo no me dio detalles porque es del norte, pero sí que me dijo que los dos se quedaron felices y que con esa sonrisa en la cara se volvió a vestir y se fue. Bueno, esta peste está produciendo historias que tan sólo hace un mes no podíamos imaginar y esta, la del cumpleaños de la madre de mi amigo, es la que yo he visto desde mi ventana. Un abrazo a todos.

Puedes descargar el texto de Alfredo Sanzol en PDF AQUÍ

 

  • Pablo Messiez

Desde mi ventana

Hace más o menos un año, me compré un árbol.
Un árbol alto y delgado, con unas pocas hojas, algo tristes.
Parecía un Giacometti. El árbol de Godot.
Yo estaba trabajando en la versión de Los días felices, así que pensé que era buena compañía. Y que debía ser agradable escribir debajo de un árbol.

Con el paso de los días, las hojas me parecían cada vez más lánguidas. Más tristes. Habiendo sido de un verde oscuro, empezaron a palidecer y yo a preocuparme por la salud del árbol. Por la pertinencia de la idea de traerlo a casa. Luz no le faltaba. Ni atención. Pero ¿y si estuviera necesitando otras cosas? El campo, el cielo, cosas que no entran en las casas. Me agobié. Busqué en Google (en mi vida, las dos oraciones anteriores suelen ir una seguida de la otra y en ese orden). Leí que se trataba de un palo borracho y que los cuidados y la luz que estaba recibiendo eran los adecuados. ¿Sería entonces una sensación mía? ¿Sería mía la tristeza?

Empezaron a caer las hojas. Eran pocas, así que fue un período tan angustiante como breve el ir ver cayendo uno a uno los atributos que hacían que aquello fuera algo más que un palo en una maceta.

En pocos días, quedaron las líneas desnudas. El tronco largo y diagonal, y su bifurcación final en cuatro ramas señalando el techo, como los dedos raquíticos de una mano suplicante.

Me pasaba horas mirándolo ¿Seguiría siendo eso un árbol? ¿Habría vida en él? No podía dejar de ver esas ramas desplegadas como un pedido. ¿Pero de qué? ¿De aire? ¿De cielo? Lo saqué al balcón. Y seguí regándolo y cuidándolo y mirándolo desde mi escritorio cada día, pensando: ¿Es eso aún un árbol? ¿Habrá vida en él?

Pasó el tiempo. Los trabajos y los días. Y vino el virus al mundo.
Muy pronto me tocó estar en cama con fiebre y tos. Viendo ahora otra ventana, la de mi cuarto. Esta sin árbol ni plantas.

Ahora era yo el languideciente. No cabían dudas. El deseo, esfumado. El cuerpo, triste. Como un árbol sin hojas. Desde mi convalecencia veía el entusiasmo en redes de la gente haciendo cosas (cuánto entusiasmo, cuántas cosas). Escuchaba los aplausos puntuales (cuánta disciplina) y esperaba que pasaran las horas, que pasara el hastío, que pasara algo.

Y pasó. La vida, que se mueve (qué suerte).
Y todo volvió a tener sentido como tantas otras veces después de tantas otras penas.

Y bajé al escritorio. Y me asomé a la ventana. Y volví a ver al árbol desnudo. Al sol.
Y entonces noté que la punta de las ramas se desplegaba en diminutas formas nuevas.

Salí al balcón para ver de cerca. ¡Eran hojas! Futuras hojas. ¡Estaba vivo! El árbol. Seguía su curso. No había sido la muerte. Había sido el otoño. No se puede estar floreciente siempre. Toca secarse. Perder las hojas. Juntar las fuerzas. Dejar que pase.

«Todo verdor perecerá». Pero también, puede que vuelva a ser.

Desde mi ventana, la calle Atocha esta desnuda, como mi árbol raquítico que la mira.
Y no puedo hacerme el budista (que me encantaría pero no me sale) y mirar sin juicio toda esta muerte. Echo de menos a la gente. El ruido. El tacto. Las cosas de estar juntos. Echo de menos las hojas del árbol.

Pero lo miro y veo que ahí sigue, creciendo. Sin importarle ni dejar de importarle su crecimiento. Dejando que suceda lo que pasa.

Tengo mucho que aprender.

Puedes descargar el texto de Pablo Messiez en PDF AQUÍ 

 

  • Clàudia Cedó

Confinamiento

Me levanto
Ordeno un poco la casa.
Hago mi rutina de ejercicios
Me ducho
Me preparo un buen desayuno
Y me pongo a escribir con un café delante
Son las nueve y media
Ella todavía no se ha despertado
Cuando se levante habrá tetas, y siestas, y parloteos incomprensibles que te hacen reír
Cuando se levante ya no podré escribir seguido
Lo haré entre toma y toma, cuando se duerma, cuando se quiera quedar en la hamaquita sola
Cuando se levante, ya mi trabajo pasará a un segundo término.
Lo veré desde lejos, como las montañas del fondo, que se vuelven azules
Y las de delante, las más cercanas, son verdes y nítidas, como más importantes.

Pero un día hay alguien que tose sobre otro alguien.
Y ese segundo alguien va al mercado y tose sobre la comida que compran muchos más
Y así empieza a propagarse un virus que acabará llegando a mi pequeña ciudad, obligándonos a todos a recluirnos en nuestras casas.
También a él
Entonces empezará un nuevo día.
Cuando ella se levante habrá tetas, y siestas, y parloteos incomprensibles que te hacen reír
Pero yo no dejaré de escribir
Porque no estaré sola con la niña.
Estará él, que podrá verla cada mañana despertar.
Que podrá disfrutarla y cuidarla
Y mi trabajo volverá a ser una montaña de las de delante.
Una de las verdes y nítidas
Una de las importantes.

Me doy cuenta del privilegio de poder vivir así este confinamiento.
De no tener que compartir espacio con quien me trata mal
De tener un espacio que compartir con alguien
De tener encargos que escribir
y un oficio que puedo hacer desde casa.
De no estar enferma ni ser vulnerable a estarlo.

Pero también me ha servido este confinamiento para darme cuenta de lo necesaria que es la igualdad entre la baja de paternidad y la de maternidad.
Porque tener una habitación propia es importante.
Pero también lo es tener tiempo para entrar en ella.

Puedes descargar el texto de Clàudia Cedó en PDF AQUÍ

 







Fuente de la Noticia

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *